domingo, 3 de diciembre de 2006

Desmemoriada.

No sólo he perdido la fe, las ganas, la cordura, sino que también he perdido la memoria.

No queda nada más que esa eterna sensación de saber que hay algo ausente acompañada por el total y completo desconocimiento de qué será lo que falta.

Sé que archivé muchos momentos y palabras, pero, después de todo, se convirtieron en datos históricos tan lejanos a mí que ya no los dudo, sino que los niego. Soy todo lo desvergonzada que puedo llegar a ser y me doy el gusto de deshacerme del peso de los recuerdos porque mi memoria es tan negligente como práctica: sabe que un vestigio doloroso se diluye entre el mar de los acontecimientos irrelevantes del día a día. El dolor se convierte en otro recuerdo lejano que se borra de la memoria oportunista.

Sé que negar el pasado es un atentado contra la identidad misma, pero ¿de qué me sirve saber con certeza quién soy y de dónde vengo si todo lo que me conforma no son más que situaciones que reafirman mi desesperanza?

Por suerte mi memoria hace el trabajo por mí. Sin que me dé cuenta, deshumaniza los recuerdos dolorosos al punto de sentirlos completamente ajenos y carentes de emociones que me hagan sentir parte de ellos. Se convierten en las historias que me cuentan algunos conocidos en alguna cafetería que, aún evocando lo que me queda de sentimentalismo, no logran conmoverme porque los siento demasiado lejanos e impersonales.

He descubierto que me emocionan más los sucesos que le acontecen a un personaje de un libro que mis propias vivencias pasadas. Y es porque mis propios recuerdos han perdido el interés añadido que les daba el sentido de pertenencia, perdiendo de paso la capacidad de conmoverme. Todo eso quitándole además la armonía de un libro bien escrito hace que simplemente no logre centrar atención en ellos.