domingo, 3 de diciembre de 2006

Desmemoriada.

No sólo he perdido la fe, las ganas, la cordura, sino que también he perdido la memoria.

No queda nada más que esa eterna sensación de saber que hay algo ausente acompañada por el total y completo desconocimiento de qué será lo que falta.

Sé que archivé muchos momentos y palabras, pero, después de todo, se convirtieron en datos históricos tan lejanos a mí que ya no los dudo, sino que los niego. Soy todo lo desvergonzada que puedo llegar a ser y me doy el gusto de deshacerme del peso de los recuerdos porque mi memoria es tan negligente como práctica: sabe que un vestigio doloroso se diluye entre el mar de los acontecimientos irrelevantes del día a día. El dolor se convierte en otro recuerdo lejano que se borra de la memoria oportunista.

Sé que negar el pasado es un atentado contra la identidad misma, pero ¿de qué me sirve saber con certeza quién soy y de dónde vengo si todo lo que me conforma no son más que situaciones que reafirman mi desesperanza?

Por suerte mi memoria hace el trabajo por mí. Sin que me dé cuenta, deshumaniza los recuerdos dolorosos al punto de sentirlos completamente ajenos y carentes de emociones que me hagan sentir parte de ellos. Se convierten en las historias que me cuentan algunos conocidos en alguna cafetería que, aún evocando lo que me queda de sentimentalismo, no logran conmoverme porque los siento demasiado lejanos e impersonales.

He descubierto que me emocionan más los sucesos que le acontecen a un personaje de un libro que mis propias vivencias pasadas. Y es porque mis propios recuerdos han perdido el interés añadido que les daba el sentido de pertenencia, perdiendo de paso la capacidad de conmoverme. Todo eso quitándole además la armonía de un libro bien escrito hace que simplemente no logre centrar atención en ellos.

martes, 28 de noviembre de 2006

Me desvelo.

Confieso que me he muerto.
Que me morí esperando verte atravesar la puerta.
Y que, después de siglos bajo este cemento,
Me pregunto si alguien de acordará de la suavidad de mi piel
o del sonido de mi voz en las mañanas.

martes, 14 de noviembre de 2006

Mis decepciones.




Anoche había desentrañado de mis más recónditos espacios internos unas letras de amor. Me sentía rara escribiéndolas, porque el tema del amor me queda grande y no sé por dónde abarcarlo. El destino -pérfido animal que desarma caminos- se encargó de recordarme que en temas espinudos es mejor no meterse. Mis letras, de un minuto a otro, desaparecieron de mi pantalla y se perdieron en el mar del ciberespacio.


Hoy pretendía reemprender la tarea que me tuvo horas frente al computador, sin embargo, el teléfono suena y, quien inspiraba mis palabras, ha dejado de merecerlas de un minuto a otro.


No se trata de que haya roto mi corazón -su estructura metálica antigolpes es siempre servicial y eficiente-, sino de que se ha ganado mi odio. Mi más profundo e irremediable odio, y la razón es el simple hecho de que tiene pasado.


No hay nada más horroroso y aterrador que los celos, pero es que no sé enfrentarme a los fantasmas que habitan debajo de su sillón y, cada vez que me los topo, no los odio a ellos, sino a él.


Lo odio a él porque no se exorciza.

Lo odio a él porque, no sólo no se exorciza, sino que además mantiene cierta lealtad fantásmagórica.

Lo odio a él porque, no sólo mantiene cierta lealtad fantasmagórica, sino que además la desmiente.

Lo odio a él porque, no sólo la desmiente, sino que además consigue hacerme sentir tanta pena.


Por eso, me niego a regalarle palabras de amor a quien carga con el peso de los espíritus pasados de moda. Un peso imperceptible para todos excepto para mí, porque ocupan el mismo, el mismísimo, espacio que yo quiero que ocupen los momentos que tendremos juntos, y que ahora sólo me suenan a una ridícula maquinación de mi cabeza de quinceañera.


Me niego a compartir los labios con las almas en pena.



domingo, 12 de noviembre de 2006

Mis ruidos.

Siempre estoy controlando los torrentes de pensamiento desenfrenado y desorganizado que invaden mi cabeza durante cada minuto de mi vida. Son varias corrientes de pensamiento totalmente distintas, que no tienen punto de unión, por lo que no son complementarias ni excluyentes. Funcionan a la vez, dividiendo mi mediocre concentración y haciéndola poco productiva.

Busco refugio en la música, en los libros livianos, en la series de TV, en el sueño a deshoras, en las conversaciones cotidianas... pero nada. Mi pensamiento supera los límites de la velocidad que tolero y todo lo que se pasea por mi cabeza es como un gran muestrario de ideas que abarca una infinidad de temas, pero no profundiza ninguno, dejándome igualmente carente de conclusiones y deseosa de certezas ¿Cómo se llega a las respuesta esenciales si las preguntas se aparecen tan rápido que sólo se distingue una estela tenue de lo que constituye una molestia omnipresente?

¿Dónde se encuentra la calma cuando la geografía interna es una serie de accidentes ruidosos e incómodos?

Domingo.

El domingo siempre tiene un tinte melancólico que lo distingue del resto de los días de la semana. No es sólo que todo ocurra más lento, que las calles estén más vacías y que el cielo sea siempre, inexplicablemente, un poco más gris de lo que corresponde a la época del año, sino que el cuerpo parece percibir de alguna manera que no entiendo, que es domingo y parece condicionarse a la ejecución de actividades netamente dominicales. No existe la necesidad de levantarse y empezar un día, porque el domingo tiene la característica de no empezar nunca. Es como esas malas películas que nunca llegan al clímax que dé paso al desenlace, sino que la trama es monótona y parece que no empieza nunca.

La relatividad del tiempo escapa a sus características meramente físicas, los minutos se inflan y se desinflan sin seguir causalidad alguna, existe una suerte de rebeldía interestelar que juega con las convenciones de los días hábiles y se desentiende de ellas para darle importancia al domingo.

Sin embargo, la característica dominical por excelencia parece ser esta tristeza de manifestación estomacal que es como una molestia leve, que no llega a ser una certeza, pero que se anida domingo a domingo en mi cuerpo. He llegado a pensar que esa tristeza no existe exclusivamente los domingos, sino que es un elemento permanente de mi humanidad, pero que sólo se le presta atención el día de menos actividad.

Como el masoquismo siempre ha sido una constante en la especie humana, en menor o mayor medida, me declaro secreta fanática de la pasividad dominical, de la melancolía de esas tardes sin sentido, de la poca productividad aun teniendo el escritorio lleno de trabajo fermentando, del silencio involuntario pero infinitamente agradecido, de los análisis profundos de situaciones nimias, de la sobredosis de tiempo que, cuando anochece, me parece que ha adquirido las características de carencia mirando en retrospectiva. Nunca es suficiente domingo.

sábado, 11 de noviembre de 2006

Ex Nihilo...

Nada me parece más terriblemente desolador que la imagen de una carta languideciendo en un escritorio, portadora de letras, de mensajes, de declaraciones que se deshacen en una espera infructífera.
Nada me parece más inmensamente doloroso que la visión de las letras agonizando en vano.

Estas letras nacen de la nada. De manera autómata llegué a hacerme un blog, como desesperada por decir, pero sin mensaje ni destinatario preconcebido. Vaticino grandes melancolías para mis pobres letras. Al parecer vienen a ser el ejemplo de la imagen triste de las palabras que no nacieron para ser leídas por otros, porque este espacio es tan grande que venir a caer en una minúscula esquina parece demasiada coincidencia.

Mis palabras, además de auspiciarse solitarias, no se presentan coherentemente. Es que parecen que flujen y mis dedos no alcanzan a seguirles el hilo. No hay hilo conductor ni tesis por defender, sólo está el deseo de empezar a decir y la frustración, eterna y dolorosa, de no decir nada.